La apatía es un terrible enemigo. Se pega a tu cuerpo y comienza a inundarte por completo. Te cubre como si fuese una segunda piel, una piel de aceite por la que todo resbala, o de goma en la que todo rebota. El caso es que cualquier estímulo llegado desde el exterior es apenas perceptible desde esta situación. Es como mirar por una ventana en lo alto de un rascacielos.
Todo parece lejano.
Ciertamente, la apatía es un terrible enemigo. Y cuanto más tardas en desprenderte de ella, más difícil resulta quitártela de encima. Total, ¿para qué? ¿De qué vale esforzarse? ¿Para qué luchar por un puesto de trabajo, si cuando le de la gana al jefe puede cerrar, dejarte en la puta calle sin darte un céntimo e irse de rositas? ¿De qué vale invertir tu tiempo en un proyecto, si luego el ordenador se jode por que sí, y pierdes todos tus datos y tus horas de trabajo?.
¿Merece la pena?
Mañana es mi cumpleaños, y me imagino que sin trabajo, sin ordenador, y sin ninguna ilusión, el día pasará conmigo sentado en el sillón, aferrado al mando a distancia de la tele, y cambiando de canal en busca de algún entretenimiento que mantenga mi mente distraída y ajena a las preocupaciones. Quizá hasta pueda coger un libro y logre leer algún capítulo, siempre y cuando la apatía me de un respiro.
Desde el oscuro rincón de un ciberlocutorio, emite señales de vida:
Ángel J. Blanco.
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