Telepatía, por supuesto. Pensándolo bien, tiene su gracia: la gente se ha pasado años discutiendo si existe, y resulta que siempre ha estado ahí. Todas las artes dependen de la telepatía en mayor o menor medida, pero opino que la literatura ofrece su destilación más pura.
Me llamo Stephen King, y escribo el primer borrador de este texto en mi mesa de trabajo una mañana de nieve de diciembre de 1997. Tengo varias cosas en la cabeza. Algunas son preocupaciones, otras en cambio son agradables, pero ahora mismo tiene prioridad el papeleo. Estoy en otra parte en un sótano con mucha luz e imágenes claras. Me ha costado muchos años construirlo. Ya sé que no cuadra mucho que sea un sótano, que es un poco raro y contradictorio, pero yo funciono así. Otro construirá su atalaya en lo alto de un árbol, o en la cima del Everest. Allá cada cual con sus preferencias.
La publicación de este libro está prevista para finales de verano o principios de otoño de 2000. De manera que tú, lector, estarás a cierta distancia cronológica de mí… pero es muy probable que estés en tu propia atalaya, donde recibes los mensajes telepáticos. No es que sea necesario, los libros son la magia más portátil que existe. Yo leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, y seguro que tú también.
Supongamos por tanto que estás en tu lugar de recepción favorito, igual que yo en el mío de transmisión. Nuestro ejercicio de comunicación mental tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia; pero bueno, no pasa nada: si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y Herodoto, la distancia entre 1997 y el año en el que tú vives no parece insalvable. ¿Listo? Pues adelante con la telepatía. Te habrás fijado en que no tengo nada en las mangas, y en que no muevo los labios. Es muy probable que tú tampoco.
Fíjate en esta mesa tapada con una tela roja. Encima hay una jaula del tamaño de una pecera. Contiene un conejo blanco con la nariz rosa y los bordes de los ojos del mismo color. El conejo tiene un trozo de zanahoria en las patas delanteras y mastica con fruición. Lleva dibujado en el lomo un ocho perfectamente legible en tinta azul.
¿Estamos viendo lo mismo? Para estar seguros del todo tendríamos que reunirnos y comparar nuestros apuntes, pero yo creo que sí. Claro que es inevitable que haya ciertas variaciones: algunos receptores verán una tela granate, y otros más viva. Los receptores daltónicos la verán gris ceniza. Puede que algunos vean adornos en el borde de la tela, y son muy libres de hacerlo. Mi mantel es vuestro.
Siguiendo el mismo principio, el tema de la jaula deja mucho espacio a la interpretación, ya que ha sido descrita mediante una “comparación imprecisa”, que sólo será operativa si vemos el mundo y medimos las cosas con criterios similares. Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir. ¿Qué tendría que haber dicho? ¿Qué “encima hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de anchura y treinta y cinco centímetros de altura”? Más que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el material de la jaula. ¿Alambre? ¿Cristal? ¿Tiene alguna importancia? Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de atracción, y lo vemos los dos. Ni yo te lo he dicho ni tú me lo has preguntado. Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.
Se han tocado nuestras mentes.
Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, sin chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero debo hacer una puntualización:
El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.
No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco pretendo que haya que ser políticamente correcto o dejar aparcado el humor (¡ojalá lo tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpiadas de la moral, pero joder, se trata de escribir, no de lavar el coche. Si eres capaz de tomártelo en serio, adelante. Si no puedes o no quieres, dedícate a otra cosa.
A lavar el coche, por ejemplo.
Texto extraído de “Mientras escribo“. Stephen King. Ed. Debolsillo (2003).
Supongo que cada uno tendrá su punto de vista sobre lo que es escribir. En un artículo anterior, veíamos que para Enrique Páez “escribir es mentir despacio”. Para mí, escribir es como si una voz en mi cabeza me dictase lo que está viendo, desde algún alejado y extraño mundo.
Nos interesa tu opinión. Para ti, ¿Qué es escribir?
Comentarios